UN MAR DE DUDAS.

Hablamos de lo complicado que resulta tomar una decisión, a veces.

Analizamos los pros y los contras, valoramos lo positivo y lo negativo.

Pero la balanza no se mueve, no se inclina para que veamos la solución.

Y entonces entramos en un mar de dudas, rodeados de alternativas razonables, sin que seamos capaces de vislumbrar nuestra ruta.

Acabamos de perder el rumbo. Ahora solo nos queda evitar el naufragio.

Recogemos las velas y nos preparamos para atravesar la tormenta que desata la confusión.

Y así, sin ayuda, nos vemos obligados a navegar con el viento en contra.

Y si tenemos éxito, veremos el cielo despejado, sabremos la posición exacta en la que nos encontremos y el rumbo que vamos a tomar para llegar a nuestro destino.

Si no lo logramos, nos quedaremos un tiempo a la deriva, el suficiente para reconstruir nuestro barco, regresar al puerto y preparar una nueva expedición. Pero esta vez dejaremos el miedo en casa y nos llevaremos muy pocas dudas, solo las que se despejan solas.

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